sábado, 30 de septiembre de 2006

En mi propio infierno

No me duele haberte hecho daño. Sé que lo hice sin querer. Pero lo tuyo es venganza. Algo tan infantil. Tan poco propio de ti. ¿Quién ha sorprendido a quién? ¿Quién ha resultado herido?

¿Qué pasará si no vuelves a llamar? Tendré que olvidarte. Tendré que fingir que no existes. Que nunca te sentí. Sólo necesitaré gritar. Durante un siglo, más o menos. Y entonces ya no serás nada...

Ni siquiera sé qué voy a decir la próxima vez. No lo sé. Ante mí sólo hay un vacío. Un gran espacio en blanco. Demasiado grande como para poder llenarlo. Por mucho que he pensado, por mucho que busqué, no encuentro palabras. No encuentro una canción que me ayude a explicarte lo que siento hoy.

Sólo tienes dos dimensiones. Sólo puedo pensar en ti en parámetros de alto por ancho. Completado con una voz al otro lado de la línea. Es como si estuvieras en otro mundo. Como si todo esto no fuera real. Y, de hecho, no lo es.

Lo que pienso, lo que siento, sólo existe en mi cabeza. El algo que he creado yo solo. Fruto de tus palabras. Que, al fin y al cabo, son sólo eso. Palabras.

No quiero hablar de decepción. Porque eso me deja a mí en mal lugar. Porque he construído una imagen. Fiel a la realidad. ¿Fiel a la realidad? Imposible. Es una imagen distorsionada. Manipulada por tus ganas de agradarme. Y por mis ganas de creerte... de creerme tus mentiras.

Qué grande es el amor. Y qué pequeño soy yo. Me aplasta. Contínuamente. Deberé crecerme...


Comentarios

Añadir un comentario