miércoles, 08 de noviembre de 2006

Ridículamente romántico

Son más de las tres. Y no puedo dormir. Como la noche de ayer. Y como la noche anterior...

Nada me preocupa. Nada me atormenta. Es simplemente el cambio de horarios. Una semana sin trabajar y me desordeno por completo. Soy incapaz de comer a las horas adecuadas. No puedo dormir cuando debería estar haciéndolo...

He estado pensando en la noche de hace unos pocos días. Hubo luna llena. Salí al balcón, a pesar de que se notaba ya un frío insistente. La noche estaba muy despejada. Era clarísima. Y había una luna grande y brillante sobre mi cabeza.

Me acordé del bolero. Ese en que Machín hablaba con la luna. En fin, no fue más que una escena ridículamente romántica.

Estuve pensando que, a mi edad, ya no debería dejarme llevar por el romanticismo. Ya no tiene sentido salir al balcón a contemplar la luna llena, ponerse tierno y pedir un deseo.

Aunque, no lo sé. Quizás sí tiene sentido. Él me hace sentir ridículamente romántico. Y lo mejor de todo es que no siento ningún pudor. Quiero ser romántico, por ridículo que parezca.

Sigo queriendo más. Sigo anhelando tenerlo todo. Aunque vaya contra ese principio, absurdo -ya lo he repetido muchas veces- que dice que no hay que correr demasiado. Una vez más: no tengo la sensación de estar corriendo demasiado. No me pregunto a qué velocidad voy, sinceramente. Lo quiero todo. Ya. Ahora. En este momento. Así de simple. ¿Qué hay de malo en ello?

Como dice Barbra en Yentl, ¿qué tiene de malo querer más? Al fin y al cabo, nunca es demasiado tarde para ser romántico... y yo nunca he tenido demasiada paciencia.


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