lunes, 13 de noviembre de 2006

A bodas me convidas...

Me quiero casar. Definitivamente. Nada que ver con casarse de blanco. Con una ceremonia gradilocuente. Con un banquete pantagruélico.

No. No es eso.

Una boda, tal y como yo lo veo, es una simple expresión más de amor. Lo que yo siento, reconocido ante los ojos de todos (incluso de aquellos que apartan la mirada). Y reconocido a los ojos de la ley. Dios no tiene nada que ver con esto. Un matrimonio es un contrato entre dos personas. Y ahí Dios no tiene porqué intervenir. Que yo sepa, no se sacó la plaza de notario.

No me voy a poner reivindicativo. Ni mucho menos. Cada uno que haga lo que quiera. El que se quiera casar, que lo haga. Y el que quiera seguir en el armario, perfecto por mí. Se debe estar la mar de calentito y de confortable. Y no me parece mal.

Es, simplemente, que a mí el armario se me quedó pequeño hace tiempo. Soy algo claustrofóbico. Sobretodo en eso de los sentimientos, la verdad.

A mí me gusta ir por la calle cogido de la mano de mi chico. Somos novios, como dice el bolero (qué manía tengo últimamente con los boleros, esto es culpa de uno que yo me sé). Ciertamente, no tengo nada que ocultar.

Aunque, como dije hace poco, estoy en una edad muy mala. Ya las cosas de novios se me quedan pequeñas. El cuerpo me pide un marido, más que un novio. Será que me estoy haciendo mayor...

Bueno, pues eso. Que me caso. Que me casaré, mejor dicho. No sé cuándo ni dónde. Ni siquiera sé muy bien con quién. Claro, es que para eso de casarse, de momento, hacen falta dos... y que ambos estén de acuerdo.

Seguiremos informando.


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