Mi madre
Todo el mundo me decía lo curioso que les resultaba que hubiera escrito artículos sobre mi padre y, en cambio, no sobre mi madre.
Hombre, he hecho referencia a ella muchas veces. Y, de hecho, si quisiera, podría escribir un blog entero sólo de mi madre y sus cosas.
No lo sé. Supongo que hablo menos de mi madre porque, en realidad, hablo con ella muchas veces.
Aunque, como me pasa con mi padre. No le digo todas las cosas que debería decirle. Ella lo sabe, claro. Pero no lo sabe por mis labios, sino por mis ojos.
Si mi padre es un gran hombre, mi madre es esa gran mujer que hay detrás. A la sombra. Pero, en el fondo, como suele pasar en la mayoría de familias, es la que manda. Mi padre es grande... pero mi madre es enorme.
Por machistas que seamos -no me incluyo, que conste- nuestra sociedad no deja de ser un gran matriarcado. Las madres crían, las madres educan, las madres dan valores. Mi madre me enseñó muchas cosas. Aunque mi madre, ni es perfecta ni es suprema. Ha habido muchas cosas que he tenido que aprender yo solito, por supuesto.
Pero ella siempre ha estado ahí. Para cuando la he necesitado. Y muchas veces, también cuando no la he necesitado.
Ha aceptado mis decisiones, por dolorosas que hayan sido para ella. Siempre me ha dado su opinión, por supuesto. Pero nunca su imposición.
Aunque, siendo como es una gran maestra del chantaje emocional (que levante la mano quien no tenga una madre así), he tenido que aprender a lidiar con sus cosillas. Y, a veces, poner tierra de por medio.
Mi madre no es mi amiga. Es mi madre. Eso es mucho más. Está por encima de todo. No es que esté la primera en la escala de valores. Es que ella es la escala de valores.
Hombre, he hecho referencia a ella muchas veces. Y, de hecho, si quisiera, podría escribir un blog entero sólo de mi madre y sus cosas.
No lo sé. Supongo que hablo menos de mi madre porque, en realidad, hablo con ella muchas veces.
Aunque, como me pasa con mi padre. No le digo todas las cosas que debería decirle. Ella lo sabe, claro. Pero no lo sabe por mis labios, sino por mis ojos.
Si mi padre es un gran hombre, mi madre es esa gran mujer que hay detrás. A la sombra. Pero, en el fondo, como suele pasar en la mayoría de familias, es la que manda. Mi padre es grande... pero mi madre es enorme.
Por machistas que seamos -no me incluyo, que conste- nuestra sociedad no deja de ser un gran matriarcado. Las madres crían, las madres educan, las madres dan valores. Mi madre me enseñó muchas cosas. Aunque mi madre, ni es perfecta ni es suprema. Ha habido muchas cosas que he tenido que aprender yo solito, por supuesto.
Pero ella siempre ha estado ahí. Para cuando la he necesitado. Y muchas veces, también cuando no la he necesitado.
Ha aceptado mis decisiones, por dolorosas que hayan sido para ella. Siempre me ha dado su opinión, por supuesto. Pero nunca su imposición.
Aunque, siendo como es una gran maestra del chantaje emocional (que levante la mano quien no tenga una madre así), he tenido que aprender a lidiar con sus cosillas. Y, a veces, poner tierra de por medio.
Mi madre no es mi amiga. Es mi madre. Eso es mucho más. Está por encima de todo. No es que esté la primera en la escala de valores. Es que ella es la escala de valores.

