Un cielo color tabaco
Finalmente hoy he ido a la ciudad donde nací. Hace ya más de dos años que no vivo allí. Estoy entrando en esa fase complicada en la que, cada vez que la visito, la siento a la vez muy propia y muy ajena, cotidiana y extraña a la vez.
Aquí tengo mi vida actual. Mi madriguera, mi trabajo, algunos de mis amigos, algún que otro ligue... Pero allí sigue habiendo cosas importantes: mis padres, mi familia, amigos muy queridos, las calles que recorrí solo y en compañía, los lugares en los que me gustaba estar, el barrio en el que crecí...
Cuando volvía en el coche hacia aquí, empezaba a oscurecer. La autopista se abría ante mí, cubierta ya por la oscuridad. En cambio, la ciudad que quedaba a mis espaldas estaba iluminada por el brillo especial que brotaba de un cielo color tabaco.
Como casi siempre que vuelvo de mis visitas fugaces, me he puesto a pensar en las miles de historias que alberga la ciudad cada día, en cada momento. Con más de un millón de personas viviendo en ella, en cada preciso instante seguro que hay alguien diciendo "te quiero", alguien llorando, alguien haciendo el amor, alguien echando de menos a un ser querido, alguien sufriendo el dolor físico de una enfermedad, alguien riendo, alguien conduciendo de vuelta al lugar en el que vive...
Es agradable tener un sitio al que volver, una madriguera como la mía. Pero también es agradable tener un lugar al que ir cuando quieres olvidarte de ti mismo o de la vida cotidiana o de las historias que ya has vivido en tu propia casa. Cuando quiero tomarme unas vacaciones de mí mismo, vuelvo a la ciudad en que nací. Como hoy.
Aquí tengo mi vida actual. Mi madriguera, mi trabajo, algunos de mis amigos, algún que otro ligue... Pero allí sigue habiendo cosas importantes: mis padres, mi familia, amigos muy queridos, las calles que recorrí solo y en compañía, los lugares en los que me gustaba estar, el barrio en el que crecí...
Cuando volvía en el coche hacia aquí, empezaba a oscurecer. La autopista se abría ante mí, cubierta ya por la oscuridad. En cambio, la ciudad que quedaba a mis espaldas estaba iluminada por el brillo especial que brotaba de un cielo color tabaco.
Como casi siempre que vuelvo de mis visitas fugaces, me he puesto a pensar en las miles de historias que alberga la ciudad cada día, en cada momento. Con más de un millón de personas viviendo en ella, en cada preciso instante seguro que hay alguien diciendo "te quiero", alguien llorando, alguien haciendo el amor, alguien echando de menos a un ser querido, alguien sufriendo el dolor físico de una enfermedad, alguien riendo, alguien conduciendo de vuelta al lugar en el que vive...
Es agradable tener un sitio al que volver, una madriguera como la mía. Pero también es agradable tener un lugar al que ir cuando quieres olvidarte de ti mismo o de la vida cotidiana o de las historias que ya has vivido en tu propia casa. Cuando quiero tomarme unas vacaciones de mí mismo, vuelvo a la ciudad en que nací. Como hoy.

