lunes, 11 de diciembre de 2006

El sol, como todos los días

Recuerdo que, cuando era pequeño, tenía que irme pronto a la cama. Mi madre me llevaba a la habitación, observaba paciente cómo me escurría entre las sábanas, me arropaba y me regalaba un beso y una sonrisa. Después, apagaba la luz de mi habitación y cerraba la puerta.

En esos instantes, sumido en la oscuridad y todavía despierto, me oía respirar, cada vez con más fuerza, más rápido. Me asaltaba el pánico. Era como si el mundo acabase en ese momento.

Todo en silencio. Todo oscuro. Intentaba, en vano, distinguir alguna luz entre la negrura. Nada.

Sin embargo, tras unos momentos de incertidumbre, siempre había algún sonido, algún ruido que me sacaba de mi error. El rumor de algún televisor a lo lejos, los vecinos que también se iban a la cama, algún perro ladrando.

A veces mi madre, todavía presa de una actividad frenética, entraba al patio al que daba mi habitación. Encendía la luz y sacaba la ropa de la lavadora. Entonces, un débil haz de luz mortecina se colaba por las rendijas de mi persiana y llegaba hasta mis ojos.

El mundo no había acabado. Yo estaba metido en la cama, rodeado por la oscuridad y un silencio impuesto. Pero no me iba a morir. Al día siguiente, como todos los días, acababa saliendo de nuevo el sol.

Todos esos recuerdos me asaltan ahora por las noches. Ya soy mayor y decido por mí mismo a qué hora y en qué condiciones me voy a la cama. Pero el hombre que ahora soy se acuerda del niño que era entonces. Y, es curioso, sigo conservando algunos de aquellos terrores atávicos. Los más primitivos y absurdos, de hecho.

Cada noche, cuando llega el momento de dormir, me sigue pareciendo que el mundo se acaba. Ahora, por defecto, duermo con la puerta de mi habitación abierta y no suelo bajar la persiana por completo, para que alguna luz se cuele entre las rendijas hasta mi habitación.

Me gusta dormirme mirando las luces azuladas de la noche a través de mi persiana. Así, cuando me voy a la cama, no tengo la sensación de que el mundo se acaba. Y me digo a mí mismo que, al día siguiente, el sol volverá a salir. Como todos los días. Aunque tú no estés...


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