viernes, 15 de diciembre de 2006

Lluvia sobre el río

Lleva toda la mañana lloviendo. La ciudad en la que nací, como todas las grandes ciudades, es un caos en cuanto caen cuatro gotas. Sin embargo, la ciudad en la que vivo destila colores vivos, tonalidades nuevas, un aire distinto y un cielo especial cuando está lloviendo.

Me gustan las mañanas de lluvia en esta ciudad. He salido a pasear con mi paraguas negro. Sorteando los charcos, he llegado hasta el río. Una quietísima masa de agua golpeada incesantemente por las gotas que no dejaban de caer. Imposible contarlas todas.

Los patos se han divertido. Se movían y retorcían, sacudiéndose la humedad del plumaje. Son unos valientes. Se atreven con todo.

Está lloviendo. Ahora lo veo desde detrás del cristal. Sólo puede haber truenos cuando llueve. Los que juegan al amor, sólo te quieren mientras dura la partida. Ya lo sabía. Pero ahora que la lluvia ha caído sobre mí, lo veo más claro.

Me hacía falta que lloviese. El agua cae, desde muy alto. Se lleva los malos pensamientos. Los malos recuerdos. Y tú te diluyes, te licuas, te deshaces. Lo poco que quedaba de ti, se ha ido por las alcantarillas y los sumideros. Hasta la vista.


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