San Valentín
San Valentín era un tipo, obispo y católico para más señas -creo que nada tenía que ver con el querubín desnudo y alado que va por ahí cual psicópata del romanticismo disparando flechitas- al que el emperador romano condenó a muerte por casar a parejas enamoradas (ya lo decían los galos, que estaban locos estos romanos). De ahí que se tomara como símbolo del amor y los enamorados (a San Valentín, no al emperador).
Yo no es que crea demasiado en este día. Al fin y al cabo, el mayor promotor de San Valentín es El Corte Inglés. De todos modos, tampoco está mal un día especial para decir que estás enamorado... siempre y cuando el resto de los días también lo digas. Porque esas relaciones de ‘te quiero mucho el 14 de febrero y luego el resto del año es como si no te conociera'... pues no sé, a mí me rechina un poco, qué queréis que os diga.
A mí, particularmente, me gusta mucho más como Día de los Enamorados el que se celebra tradicionalmente en mi tierra, que es el 23 de abril. Aquí en Catalunya el día de Sant Jordi es el día en el que las parejas se demuestran mútuamente su amor. Como buenos catalanes (ergo, agarrats) él le regala a ella una rosa (que, dicho sea de paso, cada vez son más caras)... pero ella tiene que regalarle a él un libro (que para algo es también el Día del libro y se conmemora el fallecimiento de Cervantes y de Shakespeare).
Ahora los tiempos han cambiado. Las princesas de hoy en día matan ellas mismas a los dragones (básicamente porque los caballeros con armadura que no demuestran sus sentimientos no están nada bien vistos), así que pasando de regalar rosas a las princesas modernas. Lo de las rosas para las madres, abuelas, tías, hermanas y compañeras de trabajo. A las novias, libros o, en su defecto, joyas. Y lo de las bragas rojas en forma de rosa es una horterada. Lo ha sido siempre. Aviso para navegantes...
Bueno, nosotros como somos gays y modernitos, nos regalamos música, objetos de diseño, ropa fashion o lo que nos salga de los huevos.
El caso es que, al final, lo que cuenta es estar enamorado, y quererse, quererse mucho, como decían las abuelas, que eso es lo que nos va a quedar al final, cuando ya no seamos guapos ni tengamos dientes... Yo creo en el amor. En el amor que se hace. En el que nace en el cerebro, ese que libera endorfinas y no dura más allá de 2 años también. Pero el amor de verdad se hace, se construye, hay que trabajárselo. Y cimentarlo en el respeto, en el cariño, en la comunicación, en la confianza y el compromiso. Y en luchar juntos para que la llama de la pasión no se apague. ¿Es cursi? Puede que sí. Pero es la única manera de que la cosa funcione. Por lo menos, es la única que yo conozco.

