De domingo
Abro los ojos. Sólo se oye el silencio. Curioso. El silencio no se oye. Supongo que ha sido una manera de expresarlo.
No se oye nada. Me oigo respirar. Siento mi propio calor. Me molesta el edredón. Me destapo.
¿Qué hora debe ser?
Miro el reloj. Poco más de las nueve de la mañana. Es muy temprano. Cualquier otro día no lo sería. Pero hoy es domingo. Y eso marca la diferencia.
Creo que me voy a levantar. Seguro que tengo mala cara. He dormido muy bien, pero ha sido una noche algo inquieta y agitada. No voy a mirarme en el espejo. Es demasiado pronto para eso. Hoy es domingo. No hay que ir a trabajar.
Sólo oigo mis pasos. Y el silencio. Y mis bostezos. Pero nada más. ¡Qué silenciosas son las putas mañanas de domingo!
Me acerco a la ventana. Entra la luz a través de los agujeritos de la persiana. Hace sol. Supongo.
Cuando levante la persiana y descorra la cortina voy a ver un paisaje maravilloso. Plácido. Como el de la foto. Un cielo límpido. Árboles. Un lago. Lleno de tranquilidad. Y de silencio, de puto silencio. Joder, ¡cuánto silencio hay los domingos por la mañana!
Miro hacia el mundo exterior. A través de la ventana fría. Nada. Ni tranquilidad. Ni árboles. Ni lago. Ni cielo. Ni paisaje. Nada.
Bueno, nada del otro mundo. Nada que no vea cada mañana. Ventanas y más ventanas. Balcones. Las persianas bajadas. Casi todo el mundo duerme todavía.
Algún madrugador anda ya por la calle con el perro. Caminan juntos, a la par, despacio y en silencio. El perro que ni ladra. Más silencio para el domingo por la mañana.
Voy a ducharme.
Voy a desayunar.
Creo que ninguna de las dos cosas.
Es demasiado temprano.
Me vuelvo a la cama.
Me vuelvo a la cama despacito, mientras voy rumiando, voy dandole vueltas, voy pensando. Me jode que no estés aquí. Me jode no poder estar contigo.
Me jode el silencio. Me gustaría oir tu voz. Luego te llamo. Ahora no quiero despertarte. Sé que aún duermes.
Me vuelvo a la cama.

