Cientochenta
Ya no hay locura y no hay tristeza. No hay herida ni belleza. Y no se me parte en dos la voz.
No mentía. Nunca lo hice. Perder no me costó. Simplemente, sucedió así. Aunque, es cierto, no fue fácil.
Recuperé la razón y el corazón. Ya no recuerdo cuál era secreto o si siquiera existió. No tuve que volar lejos para huir del dolor. Simplemente guardé todo lo amado y lo vivido, en el fondo del armario, tras los jerseys de invierno y las chaquetas de lana. Todo lo que nadie quiso. Todo lo que no esperaba.
Y aprendí. Pensé. Leí. Y esperé. Solamente esperé. Con la confianza ciega.
Hasta que tuve suerte.
Hasta que llegó mi golpe de suerte.
Hasta que llegaste tú.

