Dientes, dientes...

A veces esta ciudad me enseña los dientes. Grandes, amenazantes... y terriblemente feos (¿te doy la tarjeta de mi dentista? porque creo que falta te hace.)
Y yo le respondo enseñando los míos, que forman una sonrisa perfecta de oreja a oreja.
Eso le jode, claro. Porque lo que quiere es que me asuste. Que me vaya corriendo a casa a encerrarme en la habitación, bajo las sábanas, con mis sudores fríos.
Pero va a ser que no.
Aunque últimamente he estado pensando en marcharme, va a ser que no. Es sólo una mala racha. Sí, es cierto que no hay aquí nada que me ate demasiado. Y lo que más atado me tiene, podría desatarse y volverse a liar en cualquier otro lugar.
Pero, de momento, no me lo planteo. Ahora ha entrado un factor nuevo en el juego y, bueno, será cuestión de tenerlo en observación. Simplemente verlas venir. A ver qué pasa.
Y si mañana por la mañana el cielo vuelve a estar encapotado y cuando salga a la calle la ciudad me muestra sus dientes grandes y amenazadores, usaré el truco de siempre. Sonrisa. Reverencia. Saludo con la mano...
No hay quien pueda conmigo. Y menos esta ciudad, pequeña y demasiado pagada de sí misma. A la que tanto amo y que tanto se empeña en odiarme. No, desde luego no va a poder conmigo y no va a conseguir que salga corriendo.
Pero es que, a veces, me canso de pelear. Y entonces me quedo quieto. Con mi gran sonrisa, como si fuera imbécil. Me quedo quieto bajo la lluvia, dejando que el agente Smith me dé hostias hasta en el carnet de conducir.
Pero simplemente es un descanso. Estoy cogiendo fuerzas. Estoy tomando impulso. Sólo tengo que saltar...

