(Casi) Nada que contar

Tengo épocas de estas, de las de casi nada que contar. Puede que pasen muchas cosas, puede que piense o sienta muchas cosas. Pero no me apetece contarlo. No me apetece hablar de ello. No sé, estoy como aislacionista o reservado o tímido o qué sé yo.
Sólo sé que llevo toda la tarde pensando en que no quería quedarme solo en casa, porque no me apetecía. Y que lo que el cuerpo me pedía era echarme a la calle, que me diera el sol en la cara. Tomarme un café y escuchar una buena conversación. Sin participar en ella. Sólo escuchar.
En fin, supongo que es la nostalgia de los domingos por la tarde. La cabeza distraída después de las siestas múltiples y esa sensación de que lo bueno ya se va acabando y mañana empieza otra vez la rutina. La cotidianeidad amada y odiada a partes iguales.
Mañana ya estaré mejor. Eso seguro.

