Ascensores

Estuve más de 5 años sin subirme a un ascensor. Tenía auténtico pánico a aquellas cajas mecánicas suspendidas sobre el suelo y sostenidas únicamente por una cuerda que, en mi mente infantil, se me antojaba parecida a una soga.
Sólo fueron unos pocos minutos. Mi madre dice que no estuvimos allí dentro más de tres o cuatro. Pero a mí me pareció una eternidad. Ella y yo encerrados allí, iluminados por una tenue luz de emergencia que hacía que la tez de mi madre fuera de un amarillo mortecino y desconocido para mí.
Después al colegio, con el susto todavía en el cuerpo y con la imagen de la pura asfixia que ponía fin a mi joven vida clavada tras las retinas.
No volví a subir en ascensor. Ni aquella tarde. Ni al día siguiente. Ni al otro. Y para colmo vi aquella película. Eso ya fue el remate.
Usaba las escaleras. Siempre. Invariablemente. Por mucho que hubiera que subir. Escaleras. El ascensor no era mi hábitat natural y no pensaba volver allí dentro.
Hasta que, supongo, crecí. Y el miedo irracional cedió.
Y me descubrí un día sintiendo el cosquilleo de volver a meterme en las entrañas de aquella bestia mecánica que subía y bajaba a su antojo. O eso se me antojaba a mí.

